La pequeña Melissa nació en Bellegarde. Sin embargo, a pesar de haberse criado en un lugar de tantas buenas costumbres, su vida siempre había sido un ir y venir constante. Aunque había nacido en Gabriel y su padre vivía allí, su madre procedía de Lannet, uno de los Reinos Orientales.
Su padre era Alphonse D'Aubigne, Coronel de Tol Rauko, la isla de los templarios. Había entrado a la orden a la temprana edad de 12 años. Había tenido problemas familiares con su padre, que se entretenía maltratándole. Durante una de sus misiones a las Tierras de Oriente conoció a la que finalmente sería su esposa, Sayuri Kurosawa. Era hija de un Samurai de la Corte, y solamente el hecho de verla allí, paseando refugiada bajo su sombrilla, le dejó prendado en un instante. La chiquilla tenía una belleza que Alphonse nunca había visto en una mujer oriental: De largo cabello castaño, serenos ojos marrones y un porte sin igual. La joven Sayuri tuvo que sentir algo parecido, pues cuando Alphonse pidió su mano, ella esbozó una suave sonrisa de satisfacción.
Todos aquellos que conocían a la pareja pensaron que iban demasiado rápido cuando anunciaron que esperaban un bebé. Para entonces, Alphonse ya tenía 17 años, y su mujer tan solo 16.
Fue entonces cuando Melissa trajo la felicidad a la familia. La pequeña creció principalmente en la compañía de su madre, pues su padre para entonces ya ostentaba cargos lo suficientemente absorbentes como para impedirle el disfrutar de su familia. Durante uno de los permisos de Alphonse, 3 años después de que naciese Melissa, un nuevo miembro añadió algo de estabilidad a la situación familiar. Se trataba de Rerea, la hermana pequeña de Melissa. La pequeña había sido bautizada por su madre, puesto que la mayor había sido bautizada por el padre. La chiquilla era bastante más frágil que la salvaje Melissa, pues había sacado los rasgos dulces y delicados de Sayuri, mientras que Melissa había heredado las ganas de superarse día a día de Alphonse.
Pero el inicio de diversas operaciones un tanto inestables provocaron la separación de la familia. Fue un acontecimiento muy doloroso, del que Melissa no se olvidará nunca: Su padre debía quedarse en Tol Rauko para ayudar a la organización de los soldados, su madre debía acudir urgentemente a la casa familiar de Lannet por orden expresa de su abuelo y se llevó a Rerea con ella.
Melissa por su parte fue separada por toda su familia por órdenes expresas de Alphonse. Con tan solo 6 años de edad y ya no sabía cuando volvería a ver a su familia. La despedida fue triste, pues no quería marcharse, pero no tenía más remedio sino quería ser un estorbo.
La joven Melissa fue acogida por Shou Jin Lao, un antiguo amigo de su padre, pues se conocían desde aproximadamente el mismo tiempo que conocía a Sayuri. El hombre era de rasgos muy orientales. Tenía buena musculatura, seguramente obtenida tras realizar trabajo bastante duro día a día. Además, vestía un gastado traje de combate, unas antiguas zapatillas de madera y llevaba una larguísima melena recogida en una coleta que flotaba tras su espalda. Además, la imagen no era muy tranquilizadora viendo la katana que pendía de su cinto. La niña se asustó, pues nunca había visto a un hombre que pudiese imponerle más que su padre, pero ahora le tenía delante, a escasos metros de ella.
Su mirada era seria, fría. Se hacía respetar únicamente con mirarle, además de que ver su piel tatuada de una forma tan extraña le hacía parecer una persona terrible. Resultó que Jin era uno de los maestros que enseñaban en el templo que se había establecido en el subsuelo de Kiangfu, en unas antiguas catacumbas. Pero aquella idea no le gustó a Melissa. Cada vez que tenía que salir de allí tenía que estar acompañada por alguno de los demás chicos que allí habían. Quizás fuese para que no descubriesen la entrada, o simplemente era que Jin Lao no se fiaba lo más mínimo de ella. Tardó bastante en conseguir ganarse su confianza, cerca de un par de años. La verdad es que quién pensaría que una cría de 8 años iba a saber algo tan importante. Fue entonces cuando aprovechó para llevar a cabo su plan: Comenzó a cartearse con Rerea. Ambas, a escondidas, se contaban día a día que era lo que hacían. Rerea había acabado sirviendo a un viejo Samurai, y Melissa estaba confinada en aquel templo dejando correr los años sin ningún objetivo real.
Fue varios meses después cuando todo se torció. Aquello se estaba volviendo insufrible. Su hermana llevaba al menos dos meses sin escribirle y la angustia la corroía por cada uno de sus poros. Así que al final lo decidió. Iría a verla. Lo tenía todo perfectamente planeado: Aprovechó uno de esos días en los que Jin Lao abandonaba el templo y se escabulló de allí. Tenía que llegar a Tsukikage fuese como fuese, pero el lugar estaba lejos. Por suerte para ella, un mercader regresaba a casa y podría dejarla relativamente cerca, a tan solo un par de días a pie. Accedió y marcó rumbohacia allí. Lo más duro fueron los 2 días de camino a pie, pero finalmente pudo llegar. Y justo en el momento en que había encontrado a Rerea, apareció Jin Lao. Su hermanita lloraba desconsoladamente sin soltarse de su brazo, mientras Melissa miraba seria a Jin. No iba a mostrarle un solo signo de debilidad, porque ella era fuerte. Tenía que serlo por ella y por Rerea, tenía que protegerla. Jin Lao la miró con esa expresión que tanto miedo le daba a Melissa, pero ella sin embargo no se movió un milímetro de donde estaba. Junto a él había varios de los discípulos del templo, algunos incluso del propio Jin Lao. Acto seguido Melissa recibió una bofetada del indignado luchador, recibiendo tras ello la correspondiente charla acerca del peligro que corría fuera de aquel templo.
Después la obligó a regresar con él, sin siquiera dejarla que se despidiese de Rerea, que seguía llorando cuando se llevaron a su hermana rastras de allí. Melissa hizo todo el viaje en silencio. Sabía que Jin Lao era un hombre callado, pero que cuando hablaba llevaba razón en lo que decía, y esa vez la tenía plena. Aquello había sido una locura. Podrían haberlas encontrado aquellos que querían hacerles daño, pero por suerte Jin Lao había llegado antes. Fue entonces en ese momento cuando Melissa decidió lo que realmente quería hacer. Debía aprender la manera de proteger a su pequeña hermana, pues al ser la hermana mayor era su obligación, y Rerea no iba a ser capaz de aguantar en un lugar así durante mucho más tiempo.
Melissa le rogó a Jin Lao con lágrimas en los ojos que le enseñase la mejor forma de poder defender a una persona que quería más que a tu propia vida. Jin la miró serio. Si realmente estaba preparada para ello iba a tener que demostrárselo. Después de aquello fueron años de
entrenamiento. Combates imposibles de vencer, incluso contra el mismísimo Jin Lao, entrenamiento físico, mental... Aquello era muy duro. Todas las mañanas debía levantarse a las 4, para acto seguido dar una vuelta completa a las catacumbas, corriendo sobre las manos, pues debía ir haciendo el pino. Más tarde, cuando regresaba, debía limpiar toda la tarima del Dojo con un cepillo de dientes y fregarla con una bayeta. Tras esto, lavar y secar todos los platos sucios que hubiese, y más tarde entrenar contra el palo de combates. Después de la comida debía meditar un poco, pues a media tarde tenía el enfrentamiento con Jin Lao. Un enfrentamiento cruento, pues cada día debía buscar ella sus propios fallos e intentar corregirlos para el siguiente combate. Después tenía que correr a darse un baño antes de que entrasen elresto de alumnos, y tras la cena, ya era cuando podía descansar. Por suerte, Jin Lao le había permitido que siguiese carteándose con Rerea, siempre y cuando no desvelasen ni explicasen donde estaban y que era lo que estaban haciendo en ese lugar.Si en algún momento Melissa fallaba alguno de los ejercicios que Jin Lao le había enseñado, debería realizarlo durante al menos 100 veces más. Aquella medida suicida había conseguido despertar a Melissa, aprendiendo deprisa la forma más sencilla para hacer los ejercicios en el tiempo límite que le concedían. Fue poco tiempo después cuando Jin Lao comenzó a instruirla en el arte del combate. Pero no la enseñó a defenderse y atacar con un arma, sino a hacerlo con su propio fuerpo. Durante todos esos combates fue donde Melissa descubrió que sus heridas tardaban en curar algo más de lo normal, pero tampoco le dio mucha importancia.
Muchos fueron los años de duro entrenamiento, los suficientes como para convertir a Melissa en una oponente temible. A los 15 años pidió permiso a Jin Lao para visitar a Rerea, a lo que el maestro aceptó, aunque debía ir acompañada por alguien de confianza, Axel. Esta vez el
viaje fue más tranquilo, pues fue un viaje controlado sin tener la incertidumbre de que en cualquier momento pudiese aparecer Jin Lao a detenerla. Rerea estaba esperando en el lugar concertado, pero fueron solamente unos pocos segundos. Melissa no aguantaba aquella situación, Rerea estaba allí, a unos pocos metros de ella, y sin embargo no podía acercarse. La rabia la cegó, y cuando se dio cuenta ya estaba corriendo como loca hacia ella. Axel intentó detenerla, pero le fue imposible. Quizás decidió no inmiscuirse demasiado, viendo la determinación en los ojos de Melissa. La abrazó como si le fuese la vida en ello. La joven Rerea, que vestía el uniforme de sirvienta, se quedó petrificada al ver aparecer de repente a su hermana. Hacía años que no la veía, pero bastó solamente un segundo para reconocerla. No sabía por qué, simplemente sabía que era ella, su hermana.
Las lágrimas comenzaron a resbalarse por las mejillas de ambas mientras Melissa le juraba a su hermana que la sacaría de aquel lugar y que juntas volverían a casa. Rerea tuvo que marcharse, pues no quería levantar sospechas. Estaba al servicio de una familia de samurais, al parecer amigos de Alphonse. Tuvo que marcharse, aun llorando, y fue entonces cuando Melissa regresó junto a Axel. Tras la osadía que acababa de cometer seguramente Axel se habría enfadado, por no pensar en lo que dirían Jin Lao o su propio padre cuando se enterasen. Estaba llegando donde se suponía que estaba él cuando la rodearon unos cuantos samurais. Al parecer pretendían matarla, pues sabían perfectamente quien era. Se defendió como mejor pudo, pero aun así eran demasiados para ella. Estaba exhausta, había recibido varios golpes y cortes, pero fue entonces cuando vio algo que la dejó sin palabras: Junto a los que ya estaban peleando con ella apareció un cuarto. Pero este hombre tenía algo diferente, aterrador, tanto que solo mirarle hizo que Melissa se estremeciese de auténtico pánico.Tenía el cabello lacio, oscuro como la más profunda oscuridad. Además, unos profundos ojos rojos brillaban intensos en su rostro, hipnotizantes, amenazantes. Se recompuso como pudo, levantándose del suelo y adoptando una posición defensiva. Al menos si caía
lo haría con dignidad.
“Aborrezco el día en que tu padre mezcló su sangre con la de mi familia...”
Fue lo único que dijo aquel hombre antes de abalanzarse hacia ella, empuñando un mandoble. Melissa estaba paralizada. Tenía tan sumamente entumecido el cuerpo que no era capaz de mover un solo músculo, contemplando impotente como aquel hombre que no conocía de nada estaba a punto de partirla en dos, todo ello en menos tiempo del que dura un pestañeo rápido.
Cerró los ojos. Al final iba a morir como una cobarde, sin enfrentarse a la muerte, pero lo que más le dolía era romper la promesa que le había hecho a Rerea. No iban a poder volver a casa juntas. Esperó, pero aquel ataque mortal nunca llegó a tocarla. Cuando abrió los ojos frente a ella había aparecido un hombre tan alto que a Melissa le parecía un gigante. Iba vestido con una capa oscura que cubría todo su cuerpo, y tenía el cabello moreno y la tez pálida. Aquello no podía tener un buen final, si ni siquiera era capaz de vencer a unos pocos soldados, ¿iba a poder con aquel hombre que era prácticamente dos veces ella a lo alto y a lo ancho? Se colocó en posición de combate, pero entonces aquel hombre enorme se colocó delante de ella, cubriéndola. Melissa no sabe que fue lo que ocurrió después, pero antes de caer desplomada vio a Axel al fondo del callejón. “Kazesan...Cúbrenos...”. Después de eso todo se volvió oscuro.
Cuando volvió a abrir los ojos estaba mareada y entumecida, desorientada. Intentó moverse, pero una serie de calambres que recorrieron su cuerpo, la hicieron quitarse esa idea de la cabeza. Lo poco que podía ver de si misma que no estaba oculto bajo las sábanas estaba vendado, y uno de sus ojos debía estar tapado, porque solamente veía por el izquierdo. Al menos era capaz de hablar. “¿¿Maestro??”. Nadie contestó. “¿¿Axel??”. La misma respuesta. Tampoco sabía donde estaba. Sacó fuerzas de donde le fue posible, y aguantando el dolor que le poducía cada movimiento, bajó de la cama. Dio un par de tambaleantes pasos antes de derrumbarse con un golpe seco, gritando por el dolor. Las lágrimas comenzaron a brotar fruto del dolor y la impotencia, se sentía inútil y vulnerable ahí tirada.
La puerta se abrió y pudo contemplar la borrosa figura de su maestro. La imagen debía ser un tanto extraña. Melissa siempre había sido una chica luchadora, y ahora estaba ahí, llorando como una niña pequeña a la que han castigado sin salir a jugar. La levantó en brazos, con cuidado de no dañarla más de lo que ya estaba. “¿Te ha merecido la pena que casi te matasen? ¿Te ha gustado pelear en un combate en el que te jugabas la vida? ¿Te ha gustado mirar a la muerte a los ojos? No tienes ni idea de todo lo que hay fuera... Te crees muy fuerte cuando aun
sigues siendo una niña que hace cosas que los niños no deberían hacer... He intentado hacerte ver la realidad de la forma más clara, pero ya la has descubierto por tí misma...”
Había sobrepasado su límite de confianza. Jin Lao le había dado toda la libertad que podía concederle en su situación, y ella se había excedido. Había informado a su padre, cuya orden fue no dejarla salir del templo hasta nuevo aviso.
Fue durante una mañana fría cuando Jin Lao le ofreció el acompañarle. Mientras caminaban por la ciudad había visto a varios espíritus que les seguían, curiosos, al ver que Melissa les devolvía las miradas con la misma curiosidad. Sin embargo, algo debía preocuparles, pues cuando vieron aparecer a uno que Melissa nunca había visto, se alejaron corriendo. Se trataba de una masa informe negra, algo más alta que Jin Lao y con un par de brillantes ojos. Había intentado ignorarlo, pero viendo que no quería irse, le plantó cara. Más de una vez había tenido que hacerlo, pues sino se pasaban las horas muertas tras ella, molestando. Lanzó un golpe para ver si lo asustaba, pero el ser ni se inmutó. Melissa suspiró siguiendo su camino, pero aquella cosa la atacó, golpeándole en la espalda y haciéndola caer al suelo, tiritando de frío.
Por suerte era temprano y aun no había demasiada gente en las calles. Melissa se enfrentó a esa “cosa” sin mucho éxito, pues todos sus golpes atravesaban su cuerpo oscuro sin explicación alguna. Jin observó curioso el ímpetu que le ponía la chiquilla al combate, pero cuando ya la vio apurada actuó: Un par de certeros golpes que emitieron un destello azulado derrumbaron sin problemas a la criatura. Melissa por su parte, exhausta, no entendía que había sido aquello. Jin Lao le había destrozado de tan solo dos movimientos y ella no había conseguido herirle a pesar de haber encadenado varios seguidos en lugares débiles.”¿Qué ha sido eso?”, la pregunta fluyó desde sus labios inconscientemente. La respuesta conllevó una pregunta, y otra, y otra, y otra más. Y una sucesión de preguntas y respuestas cada vez más interesantes, que finalmente concluyeron con Melissa rogándole a Jin Lao que le enseñase a hacer ese tipo de cosas.
Aquel entrenamiento fue quizás el más duro que Melissa había realizado. Más que todos los días que apenas había comido por no llegar a tiempo de hacer sus ejercicios. Tenía que concentrarse tanto que era exasperante tanta espera. Quizás era la excitación de conocer algo diferente a lo que solía hacer normalmente lo que implicaba la hiperactividad y las ganas que ponía Melissa en cada uno de los entrenamientos que llevaba junto a Jin Lao. Lo primero que tuvo que aprender fue la forma de acumular toda aquella energía interior. Más tarde, cuando ya había aprendido aquello, le tocó la parte más difícil, y con diferencia. Tenía que conseguir canalizar toda aquella energía. Le costaba tantísimo que ocurrían cosas demasiado extrañas a su alrededor, pero Jin Lao le explicó que aquello era normal. Al no saber controlarlo o no llegaba siquiera a manifestarlo o lo hacía demasiado. El ki de Melissa tenía un intenso color Rojo, que aparecía alrededor de su cuerpo como si de pequeñas llamas se tratasen, prácticamente imperceptibles sino las mirabas atentamente.
El problema que tenía Melissa era que no sabía como controlarlo, por lo que no llegaba a durar algo más de un par de segundos con esa manifestación estable. Además, tanto esfuerzo era tan agotador que al principio, sin siquiera conseguir ninguna pequeña manifestación ya se derrumbaba sin apenas poder moverse. Tardó bastante en poder controlar su ki de esa manera, pues se le descontrolaba demasiado. Cuando finalmente fue capaz de dominar esa habilidad, Jin le explicó el siguiente paso. Debía ser capaz de canalizarlo en una sola parte del cuerpo. Primero lo intentó en una mano. Era tan sumamente difícil, que por mucho que se concentrase no era capaz de conseguirlo. Fue un duro trabajo para ella, pero finalmente consiguió darle forma sobre la palma de su mano. Jin Lao le explicó que después de aquello debía ser capaz de hacerlo en cualquier parte del cuerpo que ella quisiese y con bastante fluidez. Eso conllevó más y más entrenamiento, más horas ininterminables, más dolores de cabeza y cuerpo, más cansancio.
Finalmente cuando lo consiguió le tocó conseguir el mantenerlo el tiempo que viese necesario. Durante su entrenamiento en este campo, consiguió desarrollar la habilidad de utilizar su ki para defenderse de los ataque físicos. Su propia energía la envolvía en un brillo rojizo. Cuando Melissa se concentraba demasiado, su ki afloraba desde su propia piel con un brillo intenso y poco a poco la temperatura iba ascendiendo gradualmente. Cuando finalmente había dominado todas esas capacidades, Melissa comenzó a entrenar tanto sus habilidades físicas como las de ki, entremezclándolas para desarrollar un estilo de combate más eficaz.
“Es lo que esperaba de ti...” fue lo único que pudo escuchar de los labios de su Maestro, que esbozaba una pequeña sonrisita al girarse. Más tarde fue cuando llegó la sorpresa para Melissa: Tras uno de sus entrenamientos con Jin Lao en los que intentaba derrotarle, ya no solamente por demostrar lo que sabía hacer, sino para intentar demostrarle que todo lo que había aprendido le iba a servir para llegar a ser alguien importante simplemente gracias a su esfuerzo. Jin Lao se acercó a ella cuando Melissa seguía derrumbada en el suelo, recuperando la respiración tras otro arduo combate.
“Prepara tus cosas... Tenemos cosas que hacer”. Ella, incrédula, lo hizo, curiosísima, sin saber que debía hacer. Cuando Jin Lao lo tuvo todo preparado, partieron ambos. El camino iba a ser duro, porque Jin Lao la obligó a seguir su entrenamiento mientras iban hacia a saber qué lugar perdido de la mano de Dios, porque la hizo llevar sus pesos de entrenamiento atados a los tobillos, ya que así lo seguía mientras continuaban el camino.Su camino se desvió hacia los Picos de Liang, momento en el que Melissa se comenzó a poner nerviosa, pidiéndole explicaciones a Lao. Él lo explicó tranquilamente:
“Vamos al Torneo en el que se forja al mejor guerrero de los 15 templos que hay repartidos por Shivat... Porque tu vas a ser la representante del nuestro.”
Y aquello ya fue demasiado. Tanta responsabilidad pero a la vez tanta confianza hicieron que Melissa caminase el resto del viaje en completo silencio. Quizás ordenando sus pensamientos. Si conseguía ganar en aquel Torneo, quizás obtuviese el reconocimiento que esperaba por parte de ciertas personas. Tendría que intentarlo. La llegada al Templo fue algo que Melissa no olvidaría nunca. El templo estaba escondido entre los Picos de Liang, más concetramente estaba ubicado en la ladera sur de la montaña de Qiao, compuesto por varios edificios conectados entre si. Al haber realizado el camino a pie, habían sido los últimos en llegar, pero aun así llegaban dentro de los límites establecidos.
En la sala estaban los catorce maestros con sus correspondientes alumnos. Le resultó curioso ver a un chico que llevaba enfundadas un par de katanas en el cinto. Vestía un hakama tradicional, pero por alguna extraña razón su haori había desaparecido. Además era occidental, su cabello era negro y sus ojos marrones. Pero lo más destacable no era eso,sino el sombrero de paja que llevaba sobre la cabeza, que a juicio de Melissa, le sentaba horrible. Además, había un muchacho con una larga melena negra, vestido con un traje tradicional blanco, y empuñando otra katana. También pudo ver allí a Axel, el muchacho pelirrojo que tanto la había ayudado cuando había aparecido “Él”. Entonces fue el momento de observar a los profesores: El del somrero de paja era un hombre ya mayor, pues las primeras canas comenzaban a hacer aparición en su cabello. Además, parecía que había sufrido algún tipo de accidente, pues llevaba un brazo en cabestrillo, escondido tras la enorme gabardina roja. El que acompañaba al chico pulcro era lo suficientemente llamativo, lo suficiente como para haber sido la primera persona en la que se había fijado. Era un hombre alto, esbelto, de cabello rojo como el fuego y penetrante mirada. Por último, el acompañante de Axel era un hombre muy misterioso, pues llevaba la mitad de su cara cubierta con una máscara, y debía ser mayor, pues su pelo estaba completamente lleno de canas.
Entonces llegó el momento de las presentaciones.
“Maestro Auron del Templo de Yunaleska, especializado en la combinación de armas y ki. Steffano Rhomuer, nuestro representante”. Esas fueron las palabras del señor de la gabardina, y cuando dijo el nombre de su discípulo, el del sombrero de paja hizo un gesto de saludo con ese sombrero horrible.
“Maestro Soren Thygesdatte del Templo de Rhun Sho, y nuestro representante, Ryoma Nagasawa”. Las palabras del pelirrojo.
“Maestro Dylan Clement del Templo Aka Higi, especializado en el aprendizaje del combate a distancia. Nuestro representante, Axel Moserth”. Ese hombre tenía algo extraño...pero no sabía el qué.
“Maestro Shou Jin Lao del Templo Oculto de Jan Shu. Y ella es Melissa D'Aubigne, la representante del templo." Allí empezaba todo. Ojalá fuese capaz de demostrar que en realidad servía para algo.
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on viernes, 6 de marzo de 2009
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